Rafael Sánchez Ferlosio, lúcido polemista de conciencia impar

Si Ramón del Valle-Inclán pudo vestir al protagonista de la tetralogía de sus Sonatas con tres atributos que bien le hubieran servido de autorretrato, «feo, católico y sentimental», a Rafael Sánchez Ferlosio, que tuvo la ocurrencia de morirse ayer en Madrid, a los 91 años de edad, el 1 de abril, justo cuando se cumplía el 80 aniversario del fin de la Guerra Civil, cabría decir que fue un español raro, gramático, polemólogo, narrador sublime, ensayista capaz de torturar y torear una idea hasta hacerle decir lo indecible quitándole lugares comunes y quincallería. Él lo llamaba «hipotaxis». Lo dejó dicho el pensador Tomás Pollán, uno de sus más estimados amigos: «En la obra de Ferlosio no hay un sistema ni una ideología», porque para el autor tener ideología no es tener ideas.

Nacido en Roma en 1927, donde su padre, el falangista Rafael Sánchez Mazas, era agregado cultural de la Embajada de España y corresponsal de ABC, era capaz de oscilar entre la ternura (cuando hablaba de los niños y a los niños) o la iracundia (cuando se refería a la estupidez). Premio Cervantes en 2004 -ganó también el Mariano de Cavia en 2001-, es autor de algunos de los libros más influyentes y hermosos de la literatura española del siglo XX: desde el inicial «Industrias y andanzas de Alfanhui», su denostada «El Jarama», que recibió el premio Nadal en 1955, y ensayos que siguen cargados de razones, él que criticaba la misma expresión española (dinamita en la sintaxis) «cargarse de razón», y que bien servirían para pensar mejor debates contemporáneos, como «Esas Yndias equivocadas y malditas» (donde se pregunta si en América hubo «encuentro o encontronazo»), «El alma y la vergüenza» o «La hija de la guerra y la madre de la patria». Bajo el cuidado de Ignacio Echevarría, la editorial Debate completó en 2016 en cuatro enjundiosos volúmenes todos sus ensayos. Floreció en los periódicos, y se prodigó en piezas memorables (como sus pecios) que publicó en «Diario 16», «El País» y ABC. Dijo de sí: «Ladra, pero no muerde».

Estudió con los jesuitas en Villafranca de los Barros, Badajoz, y abandonó la carrera de arquitectura (aunque esa pasión no le abandonó nunca: el puente de Alcántara era una de sus mayores admiraciones) y Filología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense. Hermano del filósofo y matemático Miguel Sánchez-Mazas Ferlosio y del poeta y cantante Chicho Sanchez Ferlosio, ambos ya desaparecidos, estuvo casado con la también escritora Carmen Martín Gaite. Tuvieron un hijo, Miguel, nacido en 1954 y que moriría de meningitis a los ocho meses, y dos años después una hija, Marta, que falleció en 1985 a la edad de 29 años víctima del sida tras inyectarse heroína con una jeringuilla infectada. Una de las dedicatorias más preciosas del castellano se encuentra al inicio de «La homilía del ratón», que recogió artículos y ensayos publicados en «El País»: «A la memoria de quien más he querido en este mundo, Marta Sánchez Martín, que tantas veces metió baza en estas páginas, con su palabra aguda y redicha como una campanita de convento, que, a despecho del mundo, todavía me sonaba a amanecer».

Dejó la caza cuando la niña Marta le preguntó qué mal le habían hecho esos animalitos. Posteriormente contrajo matrimonio con Demetria Chamorro Corbacho, crió a su hijastra y disfrutó las mieles de ser abuelo de una niña china adoptada. Fue miembro del Círculo Lingüístico de Madrid, junto a figuras como Agustín García Calvo, y a su pesar se le encuadró junto a destacados escritores en la llamada generación del 50, como Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos, la propia Martín Gaite, aunque con «El testimonio de Yarfoz» (1986) dio por concluida su condición de novelista.

Luis Meana, otro de sus más constantes amigos, le dedicó memorables piezas en ABC Cultural a los volúmenes de sus «Altos estudios eclesiásticos» que publicó Destino, y a la delicada edición en tela de «Alfanhuí» que publicó Literatura Random House en 2016 con ilustraciones de Asen Stareishinski. «Están mezclados en Ferlosio el cuerpo literario y el cuerpo ensayista», escribió Meana: «Estas dos manos distintas forman, como la Trinidad, un solo don verdadero. Lo revela, a su manera, la frase de San Mateo del inicio del Alfanhuí: ‘La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo es puro, todo tu cuerpo será luminoso’. Ese es el asunto, la luz de la mirada. Ferlosio, al contrario de lo que él diagnostica de Lope, ‘nunca pierde el mundo delante de sus ojos’. El ojo puro e inocente de Alfanhuí es el ojo crítico de los ensayos». En ellos, recuerda Meana, Ferlosio «no recoge las chatarras inútiles que tira nuestra existencia política, sino sus más valiosos ‘tesoros’: la identidad nacional, la conciencia histórica, el españolismo, la conquista, los toros, la infumable santería de nuestra vida cultural, las falsas sacralidades de la patria…» Ante su muerte, apuntó ayer Luis Meana: «En esta hora tan triste podríamos dedicarle lo que el pastor Lejeune dijo en su oración fúnebre sobre Musil, recogiendo la hermosísima frase con la que el autor de «El hombre sin atributos» dijo adiós a Rilke: «No fue la cumbre de su época, pero fue uno de esos promontorios por los que el destino del espíritu va recorriendo los tiempos».

J. Benito Fernández es el autor de una biografía insólita de Ferlosio, que escribió contra la voluntad autor («No estoy conforme con la biografía (…) no soy apropiado, no tengo argumento», le dijo por teléfono) y la renuncia de algunos de sus más estrechos amigos a colaborar, por miedo a la cólera de un escritor con fama de cascarrabias (odiaba el que tachaba de «grotesco papelón del literato»). «El incógnito. Apuntes para una biografía» (Áncora Ediciones) es lo que el título promete, un retrato inacabado, pero cuajado de detalles que ayudan a entender a Ferlosio y, pese a su carácter, o por su carácter, que en su caso fue también destino, a quererlo, a considerarlo (algo que se puede decir ahora que no nos oye) una suerte de santo laico al que muchos, con la amistad deshilachada por la falta de trato, vamos a añorar. Con la salud quebrada, comentó ayer su sobrino Máximo Pradera en la radio, «Rafael estaba harto de vivir». De vuelta de Vigo y su Tomiño natal, en el tren, un artefacto del maldito progreso del que Ferlosio no renegaba, J. Benito Fernández escribió una suerte de epitafio: «Cuando un biógrafo pierde uno de sus biografiados es como si se desprendiera de una de sus criaturas inventadas en papel. Ferlosio no quiso colaborar conmigo, no era partidario del género. Pero fue correcto y hasta socarrón en el único encuentro telefónico que tuvimos. No le tuve en cuenta la sugerencia que me hizo acerca de que abandonara el proyecto que traía entre manos: su biografía. Algún día la completaré y actualizaré. El arte y la cultura no hacen mejor al ser humano. Ferlosio, de alta cuna, era un ser humilde hasta el exceso. Hoy la lengua castellana, el español, está de luto».

¿Qué hizo ayer Ander Izagirre, el mejor reportero español de ahora mismo? Subir a Twitter citas de Alfanhui. Como estas: «El maestro miró al niño de arriba abajo con unos ojos muy serios y dijo: -Tú tienes ojos amarillos como los alcaravanes; te llamaré Alfanhuí porque éste es el nombre con que los alcaravanes se gritan los unos a los otros». (…) «-Alfanhuí, me voy al reino de lo blanco, donde se juntan los colores de todas las cosas. -No te vayas, maestro. Nunca he visto morir». Adiós, Rafael. Leer mas

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