Cuando Chernóbil eclipsó la destrucción de un millón de libros

Todo el mundo de una cierta edad conserva en su memoria, pese a que cada vez es más frágil y corta, el accidente nuclear de Chernóbil (actual Ucrania). Quizás no para concretar el año, y mucho menos el día, en que el reactor 4 de la central se descontroló y provocó la explosión de vapor que desencadenó el infierno. Pero sí para hablar, con cierto conocimiento de causa, de uno de los mayores desastres de nuestra Historia reciente. Sin embargo, nadie, o casi nadie, sabe lo que sucedió unos días después al otro lado del mundo. Concretamente, en Los Ángeles (Estados Unidos), donde el 29 de abril de 1986 ardió la Biblioteca Central, ubicada en el «downtown».

Para los que gusten de ejemplos un poco exagerados, es como si en España se hubiera incendiado la Biblioteca Nacional, con todas sus joyas dentro. Si tienen madera cerca, tóquenla, no vaya a ser que por mentar a la bicha, que en este caso es el fuego, vayamos a tener un disgusto. El caso es que la noticia del fuego en la ciudad de los sueños fue eclipsada, lógicamente, por Chernóbil y su cobertura reducida, casi, al ámbito local. Ni siquiera tuvo repercusión en Nueva York, centro neurálgico de las pasiones informativas más encendidas.

Allí vivía, en aquel momento, la periodista y escritora Susan Orlean (Cleveland, Ohio, 1955), que, como tantos otros, permaneció ajena a lo sucedido en esta Biblioteca durante muchos años. En concreto, hasta 2011. Se acababa de mudar, precisamente, a la costa oeste estadounidense y su pasión por las bibliotecas le llevó a visitar, un día, la Central de Los Ángeles. Inquieta y curiosa, Orlean empezó a recorrer los pasillos de aquel inmenso edificio, diseñado por el célebre arquitecto Bertram Goodhue e inaugurado en 1926. Seguía, como persiguiendo un rastro, al guía que había contratado para que le amenizara la visita, hasta que éste, de repente, se detuvo en una de las secciones y cogió un libro de un estante. «Aún huele a humo», dijo, y Orlean, perpleja, se apresuró a preguntar a qué venía aquella apreciación.

Fue entonces cuando el guía mencionó el incendio y la chispa de la creación, si me permiten la metáfora, prendió en la mente de la autora. «Le dije que necesitaba saber más, que me lo contara todo, pero no tenía muchos detalles, así que en cuanto llegué a casa empecé a leer sobre el tema y pensé que era una historia increíble», recuerda Orlean. Lo hace durante la conversación que mantiene con ABC en su visita a España para promocionar «La biblioteca en llamas» (Temas de Hoy), el libro que decidió escribir aquel mismo día, tras su conversación con el guía, y en el que reconstruye, con precisión de fiscal, todo lo que sucedió antes, durante y después de un incendio cuya autoría hoy sigue siendo un misterio.

El valor
Según el estudio hecho por varias compañías aseguradoras, en 1986 el valor de la Biblioteca Central de Los Ángeles era de unos 69 millones de dólares. Esa estimación incluía unos dos millones de libros, la mitad de los cuales quedaron reducidos a cenizas aquel 29 de abril. Entre ellos, una copia del Quijote, fechada en 1860 e ilustrada por Doré. Pero, también, todos los libros sobre la Biblia, la cristiandad y la historia de la Iglesia, incluida una de las páginas de la «Biblia de Coverdale» (1635). Ardieron todas las biografías, de la H a la K, y todas las obras de teatro estadounidenses y británicas. Se perdió todo Shakespeare. Unos 90.000 libros sobre astronomía, física, química, biología, ingeniería, metalurgia, sismología y medicina se calcinaron, y el mismo final tuvieron 45.000 obras literarias de autores entre la A y la L, 12.000 libros de cocina, toda la colección de libros de arte, tres cuartas partes de los microfilmes de la Biblioteca y un libro de Andrea Palladio del siglo XVI.

Sin olvidar los cinco millones de patentes estadounidenses registradas desde 1799 que fueron pasto de las llamas. La mayor pérdida en una biblioteca pública en la historia de EE.UU. «Muchas de aquellas obras eran irremplazables. Cuando un libro es destruido, es como una voz que queda silenciada, hay una pérdida que todos sentimos muy dentro y tiene un impacto emocional», reflexiona Orlean. En el caso de la Biblioteca de Los Ángeles, la autora describe la catástrofe como «una colección de conocimiento construida a lo largo de muchos años y que quedó destruida».

La investigación abierta tras el incendió apuntó a un supuesto culpable, que finalmente fue dejado en libertad por falta de pruebas. Se trataba de Harry Peak, un aspirante a actor en cuyo currículum figuraban trabajos de dudosa reputación y al que, sobre todo, le gustaban los focos y llamar la atención. De hecho, llegó a presumir entre sus amigos, a los pocos días del incencio y en mitad de una borrachera, de haber sido el causante del fuego. Aunque luego cambiaría de versión en tantas ocasiones que la Policía le dejó por imposible. Murió el 13 de abril de 1993, víctima del sida. «Cometía errores tontos constantemente y casi todo lo que le ocurría era porque era estúpido. Quería caer bien a todo el mundo y no creo que quisiera hacer el mal intencionadamente, pero nunca lo sabremos», remata Orlean.

La Biblioteca Central de Los Ángeles volvió a abrir sus puertas el 3 de octubre de 1993. Hoy, aquel incendio es sólo el recuerdo de una de las peores pesadillas vividas en la ciudad de los sueños. Leer mas

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