Un Principito antidepresivo para el siglo XXI

Saint-Exupéry nunca llegó a ver un móvil y ya le escocía la forma en que la tecnología nos estaba deshumanizando. Quizás, claro, porque sufrió la guerra, y porque vio cómo media Europa moría en dos guerras sanguinarias que llamaron mundiales. Hoy nos alarmamos porque todos llevamos la vista clavada en nuestras pantallitas, sí, pero entonces había que estar pendiente del cielo por si caía algún petardazo. Todo por las máquinas. En esas, no lo olvidemos, fue cuando el francés escribió «El Principito», donde un niño de otro planeta se hacía las preguntas incómodas que los adultos esquivaban como balas. Sus disertaciones sobre el amor, la amistad y demás temas centrales de la vida convirtieron al libro en un clásico intergeneracional, que ha arrasado aquí y allá, ayer y hoy, y que forma parte inevitable del imaginario colectivo. Sigue vigente, aunque la Tierra sea un lugar bien distinto. De hecho, uno de sus más fieles lectores, el argentino Alejandro Roemmers, alumbró hace dos décadas la «continuación espiritual» de la novela, que ahora, por fin, llega a Francia con el beneplácito de los herederos de Saint-Exupéry.

«Él creía que el libro debía continuarse. Pero yo no quería hacerlo de forma argumental. Mi idea era la de encontrar una respuesta espiritual al problema que él planteó: la falta de solidaridad, de fraternidad entre los hombres, y el riesgo de que la civilización del confort y la tecnología acabaran con la espiritualidad del ser humano. Era el riesgo que él veía, y que yo también veo», relata este escritor y empresario a ABC. «El regreso del Joven Príncipe» retoma al mítico personaje, pero se lo trae a nuestro siglo, ya maduro y habiendo conocido el fracaso y la decepción. En realidad, la secuela viene a dar la vuelta a la original: si en aquélla el punto de partida era la inocencia, en ésta lo es la decepción; si en aquélla la conclusión era que los seres humanos no teníamos remedio, ésta se preocupa por dejar un mensaje más esperanzador, marcadamente optimista.

«Es un libro sanador»
«Mi personaje aparece en un estado de absoluta depresión, de casi muerte, tirado en el borde del camino, desilusionado de la vida, traicionado supuestamente por su mejor amigo. Pero el desarrollo de la historia muestra cómo uno puede, después de esa situación, volver a surgir, a nacer. Es un libro sanador y es un libro antidepresivo», asevera Roemmers. De alguna manera es también un manual de autoayuda, pues aquí la acción es mínima, y lo que prima es el diálogo del Joven Príncipe con su mentor, un hombre que recorre la Patagonia en coche, y que de paso ofrece soluciones a los problemas del protagonista, al que ha recogido del arcén.

Este tono didáctico, que se distancia de las delicadas fábulas de Saint-Exupéry, responde a las intenciones de Roemmers, que son no poco ambiciosas: quiere «influir sobre las conciencias» y transmitir el mensaje de que necesitamos una «revolución del amor, de la fraternidad», porque es «lo único que puede salvar al ser humano».

«Es que “El Principito” termina mal, porque se quiere ir del mundo. Para él, los hombres no valen la pena, y siente que no puede prosperar en este planeta. Yo casi llego a lo mismo que Saint-Exupéry, pero me quedé. Él no se quedó», lamenta. ¿Y qué ha descubierto? «Desde mi tiempo puedo contestarle que sí se puede vivir una vida plena, ser feliz, tener un propósito, darle sentido a la vida. Él no lo logró del todo», remata Roemmers. Leer mas

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