La música clásica también se lee

El libro de música está de moda. El dedicado a la música clásica y a otros repertorios, aunque es en el primer caso donde el perfil de las propuestas está adquiriendo una dimensión novedosa tras el «impasse» marcado por la gran recesión iniciada en 2008. Lo confirma la presencia cada vez más consistente de varios catálogos dedicados a transitar por títulos abiertos al ensayo, el relato e incluso la ficción y ante los que se consolidan varias editoriales independientes y no especializadas.

Al margen de los libros de carácter técnico o formal, ya en los años ochenta, Turner y Alianza Editorial mantuvieron una línea de publicaciones que en el último decenio ha venido a renovarse con la iniciativa de editoriales como Akal, Acantilado y Fórcola, donde, como señala Javier Jiménez, editor de esta última, quedan de lado los proyectos estrictamente musicales o musicológicos para adentrarse en «estudios culturales donde la música es protagonista y se relaciona con el arte en general, el pensamiento, la política o, cuestiones de actualidad, como el feminismo».

ópera en salas de cine
Todo ello está redescubriendo a un lector no estrictamente musical, en el sentido profesional del término, «curioso, interesado en el saber humanístico» y al que no se atendía convenientemente. Jiménez mantiene, no obstante, un punto de escepticismo: «Somos los quinientos de siempre», aunque sea inevitable considerar que la apertura coincide con hechos que están teniendo un éxito formidable, como la ópera, que llena las salas de cine con transmisiones desde todo el mundo. En esa misma línea, Sandra Ollo, editora de Acantilado, cree que, resuelto el problema de la erudición, del lenguaje técnico, aspecto de particular complejidad en el ámbito musical, el misterio consiste en ofrecer «textos que ayuden a comprender el fenómeno en profundidad». En su caso, «traer clásicos del ensayo musical a la lengua castellana, olvidados o que nunca habían sido traducidos, sin dejar de explorar otros caminos», tratando de que que el carácter narrativo se aleje del academicismo. «Querría pensar en ensayos de alta divulgación, que sirvan, que se disfruten», que ayuden a comprender y profundizar en la propia escucha.

Las diferencias vienen marcadas en cada uno de los casos por la personalidad de los propios editores y su pasión melómana, lo que configura una tendencia o una intención intelectual, «una militancia cultural y espiritual muy importante». Lo remarca Sandra Ollo, quien llama también la atención sobre la importancia que tiene el cuidado de las ediciones en un momento en el que se revaloriza la edición impresa, que es el ámbito en el que estos catálogos se defienden con normalidad. A partir de aquí, tan importante es el interés de lo publicado como hacerlo de manera cuidada. Que el contenido y el continente preserven el atractivo hacia el lector y también hacia el librero, que es el primero al que hay que conquistar.

Todo ello sucede en un momento especialmente crítico, en el que se produce la progresiva desaparición de las librerías especializadas, incluyendo las tiendas de discos, mientras la sección de música de las librerías convencionales permanece como un cajón de sastre. La reciente desaparición de La Quinta de Mahler, espacio dedicado en Madrid a la distribución de libros musicales y discos, con especial interés en la organización de actos de difusión y debate, es una triste consecuencia. Por ello, es fundamental el apoyo de las librerías independientes, donde estos libros terminan por encontrar su hábitat natural, en aparente contradicción con el sentido «divulgador» que los inspira.

Autores propios
Un aspecto relevante de este fenómeno editorial es la presencia de autores propios, en ocasiones dedicados a proponer argumentos desde perspectivas originales y apenas consideradas por la bibliografía musical española. Acantilado tiene en el ensayista Ramón Andrés una de sus firmas más firmes, con títulos de referencia dedicados a Monteverdi, Bach y su biblioteca musical, «El luthier de Delft», entrecruzando música, pintura y ciencia en tiempos de Vermeer y Spinoza o recopilando «Escritos místicos sobre el silencio». Su presencia se complementa con el pensamiento de personalidades de referencia como Ian Bostridge ante el «Viaje de invierno de Schubert», Luciano Berio, Nadia Boulanger, Barenboim, Brendel, Harnoncourt, Furtwängler o Charles Rosen. Akal indaga en cuestiones operísticas gracias a Gabriel Menéndez Torrellas, en sucesos poco explorados como el «Verdi y España» de Víctor Sánchez, ejemplo de una musicología abierta e inteligible, o interesantes relaciones entre música y tiempo, según explica Enrique Gavilán.

Fórcola ha descubierto perfiles nuevos en grandes de la música como Rossini y María Callas de la mano de Fernando Fraga, del pianista Glenn Gould a cargo de Carmelo Di Gennaro, Carpentier, Beethoven o Wagner con firma de Blas Matamoro, e incluso se ha adentrado en el ensayo más personal gracias a Stefano Russomanno, imaginando al pianista Benedetti Michelangeli a la búsqueda de un ideal interpretativo a bordo de un crucero o reflexionando sobre asuntos musicales como hace José Luis Téllez en la recopilación de sus escritos sobre «Musica reservata».

Las iniciativas, los catálogos, se entrecruzan, incluso, con otras propuestas editoriales de carácter más abierto y novelado como el lanzamiento de «Yo, Farinelli, el capón», de Aguilar, en el que Jesús Ruiz Mantilla reconstruye a un intérprete de fama que llega a la corte española de Felipe V y cuya leyenda está actualmente en proceso de restauración por la moderna musicología. Son muchos más, aunque los ejemplos sean suficientes para demostrar el auge de la «literatura» musical atraviesa un momento proclive e interesante. «Nuestros libros musicales funcionan», señala Jiménez.

Déficit en educación musical en la enseñanza primaria y secundaria
Las prácticas culturales más frecuentes son escuchar música, leer (con independencia del soporte o tipo de contenido) e ir al cine, alcanzando la primera a casi el noventa por ciento de la población española y poco más del cincuenta las dos inmediatas. Lo señala la encuesta de hábitos y prácticas culturales del Ministerio de Cultura, donde también se informa del crecimiento constante en el número de matriculados en enseñanzas artísticas, en donde la música ocupa un primer lugar, por encima del cincuenta por ciento. Todo ello implica un cierto optimismo.

Sin embargo, el gasto en libros y publicaciones periódicas realizado por los hogares españoles se sitúa en poco menos del quince por ciento, aun considerando el ligero remonte de los últimos años tras la caída en picado sufrida en la última década. Al margen de que la realidad general señale el déficit en educación musical en la enseñanza primaria y en la secundaria.

La construcción de un catálogo es un proceso muy lento («un best seller»no hace catálogo»), coinciden los editores, remarcando que el fenómeno editorial de los libros de música solo puede demostrar su consistencia y potencial cultural y en un espacio proclive se aprenda a escuchar y se fomente la lectura. Así lo creen quienes defienden la permanencia del libro como medio de comunicacion y objeto bello. Mallarmé, muy en sintonía con la música, lo llamó instrumento espiritual. Leer mas

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