José Luis Garci: «Nunca fui moderno; no me acaba de gustar la nouvelle vague, siempre preferí Hollywood»

Recuerda José Luis Garci (Madrid, 1944) que Ray Bradbury escribió al final de su relato «Aunque siga brillando la luna» -parte de las «Crónicas marcianas»-: «Estábamos asomados al canal y, por primera vez, vimos a los marcianos reflejados en el agua: éramos nosotros». El episodio sirve como ejemplo para saborear el halo poético y el misterioso de la obra del autor norteamericano que subyugó la imaginación de aquel joven Garci, entonces un escritor veinteañero, crítico y guionista que iba a dar pronto sus primeros pasos como director. Sintió que tenía que ahondar en aquel escritor al que todavía nadie había hecho caso en España. Y le salió un libro magnífico, publicado en 1971. «Hoy era inencontrable, de coleccionista», comentan sus amigos Eduardo Torres Dulce y Luis Alberto de Cuenca. La editorial Hatari! Books ha resucitado este «Ray Bradbury, humanista del futuro». También publica su historia personal con Robin Hood, las Terceras de ABC y un libro sobre Enrique Herreros, padre e hijo, los más grandes publicistas del cine español.

Garci conoció a Bradbury, lo visitó en Hollywood cuando estaba promocionando el Oscar de «Volver a empezar» (que ganó) y el escritor le prometió su voto y su apoyo. Luego en España, en un curso de verano al que Bradbury acudió en pantalón corto, donde le sorprendió su conocimiento de Galdós, Goya… «Pero me daba miedo que viniese a comer a Botín en shorts», sonríe. No le desilusionó conocerle, cenar en su casa (al lado de la de Billy Wilder), hablar de la vida y el cine.

—El libro nació de su entusiasmo juvenil. ¿Lo mantiene?

—Hay entusiasmo mientras mantienes la curiosidad. He vivido con varias personas ese momento en que todo les deja de interesar. A mí no me ha pasado, no.

—Sigue aficionado al género. Pero no le gustó «Interestellar».

—Es un poco camelo. Todo eso del tiempo que has vuelto a vivir y recuperas es mentira. Si no, el Atleti habría ganado la Champions (ríe). Esos trucos…

—Kubrick jugó con ellos en «2001».

—Con una historia buenísima, de Arthur C. Clark. ¿No te has fijado en los monos, lo aburridos que están, con esa mirada de tristeza? Llega una entidad superior, y en la siguiente fase te ponen el monolito en la luna y tú te portas igual que el mono, vuelves a tocarlo. Y luego Júpiter… Yo no tengo ni móvil, estoy como el mono. Ahora en el móvil llevas la Biblioteca de Babel, de Borges. Pero la gente no lee, habla por teléfono demasiado.

—Eso parecía antes ciencia ficción.

—Ya no sé de qué generación soy. No me reconozco en una parte de la mía, y tampoco soy de la anterior. Con Savater me identifico, dice cosas que entiendo, pero no me pasa lo mismo con los políticos. España ha cambiado mucho. La comparo con un traje, que vestía, muy bonito, el de la Transición, muy bien confeccionado por gente que entendía. Ahora se ha deshilachado, unos tiran de la manga, otro de la pierna, el bolsillo se ha roto. Ya no es un problema de tinte. Y lo que vendrá será distinto, ¿ciencia ficción?.

—A Bradbury lo analiza en el libro desde la infancia, con el entusiasmo por las novelas, las películas…

—Es que yo escribía sobre mí. Pensando que lo que yo sentía, la pasión por el cine, era lo que sentiría Bradbury. Y luego descubrí que todo era verdad.

—¿Qué películas?

—El impacto de «Ciudadano Kane» o «Fantasía» debió ser grande… No solo le pasó a él, también a mucha gente que coincidimos en el gusto, libros y películas. Así que yo escribía de lo que sentía. Cuando le conocí se dio la vuelta y vi que era así.

—La buena ciencia ficción tiene un fondo de verdad…

—Él no estaba contento con que se le clasificara como escritor de ese género. Decía: «Yo soy un escritor». Era muy culto, le gustaba el teatro, Chejov, y ese lado humano no era frecuente en los escritores de ciencia ficción. El Marte que él describió transmitía una tristeza difícil de definir. Una apatía que existía en Estados Unidos.

—Dice usted que su Marte se inspira en la Apachería, la Sierra Madre y México… Es territorio hispano, por tanto nos toca ser marcianos, ¿no?

—Vete a saber si somos marcianos porque vinimos de Marte a la Tierra. Hay momentos tremendos de la destrucción de la civilizacíoin marciana en Bradbury, con puestos de perritos por todos lados, es como si entraras en el Prado y no respetaras nada. Yo pensaba que le iban a dar el Nobel. Ahora propongo que se lo den a Stephen King, que ha escrito tanto y tan bien. Mucho mejor premio Nobel que Bob Dylan.

—¿El problema es el género?

—Seguro, si hubiera un Nobel de Cine no se lo darían a Hawks, por lo mismo. No le reconocen una autoría, cuando es un gran autor en cada cosa que toca. King es importantísimo también para el cine. Todos los que le han rozado se han hecho de oro. «La niebla», «Cadena perpetua»…

—¿Por qué reedita Bradbury ahora?

—Es un poco volver a un mundo que no existe, es también ciencia ficción. Ya no existen las personas que me rodeaban cuando yo lo escribía. Ha surgido la opotunidad, muchos preguntaban por él y la edición de Hatari! es tan bonita. Es como un premio inmerecido.

—Usted elogia el guión que hizo Bradbury para «Moby Dick».

—Es lo mejor que hizo, extraordinario; es muy difícil adaptar esa novela. Tiene todo el aliento épico y trágico.

—Pero no le gusta la elección de Gregory Peck para Ahab.

—No, ni tampoco me gustó en «Los niños del Brasil». No puede hacer de malo el Atticus Finch de «Matar a un ruiseñor». Hoy lo haría muy bien Russell Crowe, y hace tiempo Bogart en plan amargado. Huston estaba entregado en esa película, que ha ido a más. Pero le racaneó el reconocimiento a Ray Bradbury, aunque no había sido él quien escribió la película.

—Bradbury es una cumbre de la cultura popular.

—Es que tiene «el don»: sus párrafos no aburren. Eso es muy difícil, los renglones brillan. Sus libros no los puedes dejar, te los llevas hasta el baño, que es el mayor éxito que cabe en literatura. Tiene un estilo poético pero natural, no pedante. Ha sido humilde y machadianamente bueno para escribir todo eso. No hay cultura alta o baja, hay aburrir o no, interesar o no interesar. Capra lo tenía como ley: no aburrir. Si no, solo experimentas, en el mejor de los casos eres Bresson y haces «Lancelot du lac», donde importa el tratamiento de los sonidos. La gente no está preparada para eso. Yo no valgo para eso. Nunca me interesó.

—En el libro hay unos juicios de los cuentos que son como apuntes.

—Son de cuadernos que yo llevaba en el bolsillo, también lo hacía con las películas. Me gustaría hacer un libro de las películas malas.

—¿Cómo?

—Es que aún no se ha hecho. Llegaría a la conclusión de que todas las películas buenas no son tan buenas, ni las malas tan malas como parecen. Hay humildad, se hacen con cuatro perras, pero tienen pasión, entusiasmo y debemos indagar en todo eso. ¿Cuáles son las películas realmente malas? Las pretenciosas. Esas no tienen mensaje, no llevan ni recado. Nadie se atrevía a decir que Antonioni aburría mucho. Nadie se atrevía a decir que aquellos creadores estaban por debajo de John Ford, que además estaba tachado de fascista. Por eso no he sido moderno. No me acaba de gustar la nouvelle vague. Me gustaba Hollywood.

—Hay una pregunta de género que le tengo que hacer…

—Cuidado…

—…del género de la ciencia ficción, el de Bradbury. ¿Si se encontrara con el Garci veinteañero, mientras escribía este libro, cómo le vería?

—No creyéndome que soy nada, no le miraría por encima del hombro, le miraría con simpatía. ¡Mira este! Pero no me reconozco en el libro, de verdad, es como si lo hubiera escrito otra persona, aunque me siento orgulloso de haberlo hecho.

—¿Cuándo estrenará la esperada «El crack cero»?

—No depende de mí. Yo querría estrenar el 4 de octubre, porque es cuando estrena Woody Allen, en un acto de solidaridad, de homenaje. Le ha pasado como a Chaplin. Solo acusaciones ¿y ya no puedes trabajar ni estrenar? Chaplin hizo películas, como «La quimera del oro». Woody Allen lo mismo, ha hecho «Hannah y sus hermanas»… Ya está bien, parecen listas negras. En cuanto a mi película es pequeña, territorio B, «B-noir» como yo digo. Hecha en cinco semanas, blanco y negro. Leer mas

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